31 marzo, 2012

Chocolate


Antonio tuvo una infancia terrible. Eran los años cuarenta en un pueblo del sur y casi todos los días de su corta vida el hambre no se había separado de él.
Pasaba las mañanas junto a su hermano menor en la plaza del pueblo. Agachados esperaban a que algún carretero pelara una naranja y tirara la corteza. Tenían que cogerla "al vuelo" para evitar que cayera al suelo y pudiera mezclarse con los excrementos de las bestias. Esa cáscara sería la única fruta que podrían comer.
Esperaban los domingos con ansiedad pues su madre, que servía en casa del terrateniente del pueblo, cocinaba esos días una paella para los señores e invitados. Si sobraba arroz, Antonio y su hermano podrían burlar el hambre comiéndose un bocadillo de paella que a escondidas le daba su madre. Antonio sufría al ver que su madre tenía que esconder en el delantal aquel bocadillo como si de una ladrona se tratara.
Por la noche, al acostarse, Antonio sacaba una pequeña caja de debajo de la cama. El tesoro que guardaba en ella era una barrita de color marrón. Untaba con la barrita la nariz de su hermano, luego la suya y la volvía a guardar en su caja.
Esa barrita era de chocolate. El olor del chocolate untado en ese par de narices engañaba a sus desocupados estómagos y les permitía dormir. El drama durante el día era no caer en la tentación de comerse el preciado tesoro y quedarse sin anestésico.
Ahora, pasados los años, Antonio acaba de jugar una partida de golf y en el restaurante del club, tras una suculenta comida, se dispone a pedirle el postre al camarero. Antonio frota su nariz y sonríe. Sus amigos sabemos lo que pedirá.
Texto: Manrique Cos Tejada
Narración. La Voz Silenciosa