27 junio, 2012

24 horas de vida


Solo veinticuatro horas de vida me pronostican. La muerte viene a buscarme. Me ha enviado el aviso por medio de mis médicos y no sabría decir si por ello soy una persona afortunada. Lo que quiero decir es que a otros los viene a buscar sin previo aviso y con premeditación de cazadora sanguinaria y a mi me lo notifica con tiempo, pero con muy poco. 

Estoy pensando suicidarme. Mis pies no apoyarán las últimas horas de su existencia en este mundo haciendo lo que hacen todos los moribundos: gastar tiempo en despedirse, arreglar los asuntos pendientes para dejar a la familia todo en regla en la cesión del testigo, echar un último polvo para satisfacer las más escondidas y profundas fantasías sexuales, subirse al desenfreno de cualquier tipo de sustancias estimulantes, barbitúricas, alucinógenas, con la excusa de que ya es absurdo que te digan que es malo para la salud... No entraré por ese aro, yo soy un ser distinto, un ser fuera de moldes, alguién que ha nadado toda la vida contra olas de mares furiosos y nunca terminaré mis días de existencia siendo un tipo común. No permitiré que me aparten de esta vida y que decidan cuando. ¡Mi vida es mía! Yo decidiré cuándo y cómo. Pero ahora me asaltan las dudas. ¿Cuando? Ya mismo, no hay tiempo, tengo que burlar, doblegar a la caprichosa fatalidad. ¿Cómo? Siempre he escuchado que si te metes en una bañera llena de agua caliente y te cortas las venas es muy placentero, te sumerges
en un sueño que te embarga progresivamente y te toma de la mano para mudarte al otro barrio. Pero esa forma es muy común, cobarde. También podría subirme al edificio del Cabildo y allí, desde el móvil, llamar a unos cuantos amigos y a los medios para que filmaran mi final. Aunque también me asalta la duda si lanzarme en picado y que mi cerebro, la parte de mi ser a la que más estima le tengo, al contacto con el asfalto se esparciera como gelatina en este áspero día de verano. O por el contrario tirarme en plancha como cuando erraba en mis lanzadas en la piscina y al contacto con el agua me escocía todo el pecho y la barriga, y disimulaba en el deseo de que nadie hubiera contemplado mi inutilidad. Ahora no era el caso, ahora quería que todos participaran de mi último instante en este mundo, un lugar donde ellos quedan y yo parto. ¿Pero a dónde voy? ¡Cuantas dudas!


Si tuviera tiempo lo sometería a discusión entre familiares y amigos. Pensándolo bien el dabate también lo haría en las redes sociales, este tipo de cosas siempre tienen mucha repercusión en esos lugares, ávidos de morbo. Yo también quiero mi minuto de gloria.


¡Ya está bien de reflexiones!, se me acaba el tiempo, lo tengo decidido. Querido lector, ¡acompáñane a mi partida! Escribamos juntos mi última poesía, y advierto que tiene que ser sugerente y positiva, nada de ñoñerías. Quiero dejar el sello de mi extravagancia y de mi amor a la vida. Aunque no sé como me retratará la historia, si como un cobarde por quitarme la vida, o como un valiente por decidir sobre ella. Dios dirá. ¡Vamos!

Texto: Francisco Concepción Álvarez
Audio: La Voz Silenciosa