26 agosto, 2012

El subversivo


—¿Cómo lo descubrió?
—A un portero con mi experiencia nada le pasa desapercibido.
—Pero no era fácil. Según la Policía, actuaba discretamente.
—¿Nunca ha oído que la mayor virtud de un portero es la observación? Nada se nos escapa. Tenemos que aprender a distinguir todo lo que conviene o no a los vecinos, ya me entiende, doña Mercedes. Y eso es más importante que mantener las zonas comunes en estado de revista.
—Rufino, al grano…
—Verá, desde que llegó, sospeché. Me llamó la atención su escaso equipaje. Supuse que en unos días traería más, pero no fue así. Fíjese que servidor madruga, pues ni una sola mañana le veía, hasta las tres, cuando volvía… y, salvo los jueves, que salía a comprar, nunca le echaba la vista encima.
—¿Y…?
—Por las noches era peor. —Rufino miró a su alrededor, como si temiera ser oído. Casi susurraba—. Tras dos meses, no podía quedarme de brazos cruzados. Empecé a investigar con método. Ya me entiende… ¡No me mire así! —bajó aún más el tono—. No lo hago nunca, salvo que la seguridad del edificio lo requiera… Empezaba a ser un caso sospechoso…
—Pero, Rufino, ¿qué riesgo hay porque un inquilino madrugue, regrese a las tres, y no salga el resto del día, salvo los jueves para comprar…?
—Ríase, ríase… Empezó a recibir paquetes… —El portero vio cómo la presidenta enarcaba las cejas en un gesto de sorpresa—. Así es, doña Mercedes. Paquetes que no cabían en el buzón y que el cartero, un viejo conocido, me dejaba para que se los entregara…
—Y le faltó tiempo para meter las narices…
—No tan deprisa, que he salvado a la comunidad de un subversivo. Menos humos… No fue al principio. Antes subí unas cuantas noches hasta la puerta de su ático, y comprobé que sólo se oía el silencio…: ni televisión, ni radio… Nada… Excepto un día que oí música de esa que llaman clásica, ésa rara llena de violines. Ya sabe a lo que me refiero… ¿Ve cómo tenía razón? Después de varias noches me dije, “Rufino, actúa, la comunidad te necesita”. A la mañana siguiente el cartero trajo otro paquete pequeño, rectangular, ligero. No lo abrí, pero tampoco se lo entregué. Esperé a ver si lo reclamaba. Una semana después llegó otro, también rectangular, pero más grueso y pesado. Hice lo mismo. Ya sé lo que está pensando, pero se equivoca, no lo abrí, también lo guardé. Días después, otro, más grande, dentro de una caja, y no pude aguantar más, lo abrí. Entiéndame, era un caso de fuerza mayor… Allí estaban… ¡¡Libros, doña Mercedes, libros…!! Nuestra seguridad al borde del precipicio. ¿Es que no leyó los estatutos? Se empieza leyendo libros, y vaya usted a saber dónde se acaba… Llamé a la poli, pero antes me aseguré de que no escaparía, así que subí al ático. Abrí la puerta con la llave maestra y descubrí algo peor…
—¿Más…?
—El colmo de la subversión…: ¡¡¡Es escritor!!!

Texto: Amando Carabias
narración: La Voz Silenciosa
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