12 abril, 2013

De truhanes, rufianes, zalameros y feriantes


Charlatán, rufianes, feriantes
Charlatán, obra de Miel Jan 
Coincidiendo con la fiesta de la patrona los feriantes iban llegando a la plaza, donde colocaban sus tenderetes. La echadora de cartas, el señor del algodón dulce, los payasos, el hombre más alto del mundo… Todos formaban una armoniosa comunidad que, durante una semana, convertían la plaza en el lugar más fascinante de todo el pueblo. Todos excepto Narciso, que prefería ir por libre pregonando, de puerta en puerta, las bondades de sus pócimas mágicas. Este año andaba en la de la "eterna juventud".
El muchacho tenía encanto para engatusar lo mismo a cincuentones que a novicias; a ancianas que a zagales. Y así, todos cuantos se acercaban, no podían resistirse a las propiedades de su jarabe antienvejecimiento. 

La mala fortuna quiso que un forastero, que se encontraba visitando a un pariente,

reconociera en Narciso al estafador que, tiempo atrás, le vendiera un carro entero de una loción crecepelo. El indignado calvo corrió al cuartelillo de la Guardia Civil y denunció al vendemilagros por estafador. Acto seguido los agentes detuvieron a Narciso que ni se inmutó. Aceptó con una sonrisa el arresto; sin protestas. 

Tampoco era la primera vez que le detenían; en estos menesteres tenía ya cierta costumbre. Tumbado en el camastro de su recién estrenada celda recordó aquel agosto de 1989 en la prisión de Ocaña; marzo del cuarenta y cinco en Nanclares de Oca; febrero de 1933 en la Modelo de Barcelona; julio de 1900 en la cárcel de Dueñas; diciembre de mil ochocientos setenta y…


Texto: Towanda (María Sergia Martín González)
narración: La Voz Silenciosa