19 mayo, 2013

Butterfly


Llego tarde. Hoy cubro el estreno de Puccini en el Real. Una acomodadora me acompaña hasta mi butaca. Buena fila y bien centrada. ¡Qué silencio! A mi izquierda, una localidad libre y, a mi derecha, un caballero. Huele a jazmines. Me da las buenas noches. Es mi primera ópera, le digo, a lo que me responde que la disfrute. Comienzan los primeros sonidos de la orquesta. Acerca sus labios a mi oído y, en voz muy baja, me pide que deje a mis sentidos empaparse de la música. ¡Qué buenas palabras para comenzar mi crónica!

Finaliza el primer acto. Estoy emocionada. “No ha sido más que el comienzo —continúa—. Ahora, consiente que la música te envuelva; déjate besar por las notas; permite que el calor y el amor te abracen; abandónate y siéntete acariciada por cada instrumento… Estás sola y desnuda, a punto de ser poseída”. Cierro los

ojos. Escucho…

Cuando llega el final me encuentro, con los ojos inundados de lágrimas, arrancando en una explosión de aplausos…

Encienden las luces y miro a mi improvisado maestro. Es un adonis. Lástima que deba enviar el texto a la redacción. N os despedimos. Salgo deprisa, intentando que no se diluya ninguna de las sensaciones que me impregnan. Al alcanzar la puerta, me giro para dedicarle un adiós rápido y entonces le veo desplegando su bastón blanco. Vuelvo sobre mis pasos y le ofrezco mi mano. Mira que soy tonta, si estoy temblando. La acepta con una sonrisa que le ha iluminado el rostro y con la que me ha terminado de cautivar. ¿El reportaje? ¿Quién puede pensar ahora en eso? Tengo los sentidos repletos de olores, sensaciones, música, calor, excitación e intuyo, por el modo en que me acaricia, que él también.

Texto: Towanda