02 octubre, 2016

Confidente

Me acerco despacio, mojándome los dedos, primero. El agua está tranquila y la rompo. Las aristas romas de los guijarros se me clavan sin dolor en la bóveda, en las arrugas gruesas, entre la piel zafia, acartonada alrededor del arco de mis pies. No tengo sensación de frio. Es verano y aunque me atrevo en el remanso, el cauce es pobre y la tierra encendida es más fuerte.
Y me agacho, justamente para humedecer mis manos, robando un canto ceniciento con lunares negros. Al sacarlo, se ennegrece con una neblina breve y brillos tristes, mudando a una áspera patina gris apagada.
Lo miro lentamente, un pellizco refrescante en la palma de mi mano, tan efímero; un roce hurgando, rastreando un defecto en su cubierta; sin sonido; sin olor apreciable.
Cierro los ojos. Tontamente, la acaricio, con mi puño cerrado, con los latidos, con el pensamiento. Sin sentido, le susurro, todos mis secretos, cerca de mis labios taciturnos. Un momento largo, con ritmo grave, casi sin pulso.
A mi alrededor no hay nadie. Busco despacio, aliviado, inquieto, sosegado,… confundido. Sigo borroso y con la vergüenza de que pueda desvelarlos, la oculto entre la regata, entre los demás, anónimo, sin miserias, sin excentricidades ni diferencias. Lo guardo enmascarado, a mi imagen y semejanza. Como yo.


Texto: Ignacio Alvarez Ilzarbe